He aprendido.
He jugado con fuego y me he quemado.
He mirado la ruina humana directamente a la cara.
He estado junto a alguien decrépito, carcomido por dentro y por fuera.
Y he estado también corroída y concomida.
He sentido una aureola de seguridad en mi misma.
He experimentado.
He sentido mucho dolor, y sus heridas a medio cerrar u olvidadas.
He sentido felicidad, placer, éxtasis, plenitud, el amor.
He roto corazones y me han roto el mío.
He recorrido muchas distancias.
He mirado directamente al Sol sin apartar la vista, sin sentir su abrasión en la retina, y asimismo me ha deslumbrado.
He sentido lo que es romperse por dentro, lo que es que te den tu peor noticia, y lo que supone que te den la mejor, el alivio y el impulso, la fuerza y el poder.
He experimentado el frío y el calor más espantosos.
La ira, rabia, tristeza, piedad y amargura más intensos, quemándome, ardientes mientras subían por mi garganta. El nerviosismo punzándome las vísceras.
He pasado hambre y he estado a punto de reventar de empacho.
He estado contenta por el esfuerzo empleado en un logro obtenido, y decepcionada por un fracaso.
He reído.
He llorado.
He escrito.
He sentido.
He volado.
Joder, he vivido.
Sé que me queda mucho por vivir, pero si muriese ahora, lo haría con la certeza de saber que he vivido. Y por eso no me asusta la muerte, el fracaso, la indecisión, la pérdida, el dolor o no ser feliz.
No temo muchas otras cosas. Sólo da pánico lo que no se conoce.
E incluso todo eso pasa una vez sucede.
Y luego, en la oscuridad, no me queda nada más que yo misma.
Y ni siquiera le tengo miedo a eso.
Durante toda mi vida, he tenido la impresión de que podía convertirme en una persona distinta. Pero, al final, por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas. En cierto sentido, esas carencias son, en sí mismas, lo que soy
lunes, 13 de enero de 2014
¿Qué tal si deliramos por un ratito?
¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia, para garabatear otro mundo posible?
El aire estará limpio de todo veneno tóxico que no provenga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
En la calle, los coches serán aplastados por los perros.
Los semáforos serán de distintos colores.
La gente no será manejada por su automóvil ni por su teléfono, ni será programada por el ordenador, ni será comprada por el supermercado.
La televisión será sustituida por la lavadora o por la chimenea.
El entretenimiento, la nueva hipnosis, será el agua dando vueltas o las chispeantes llamas.
Se incorporará en los delitos penales la estupidez, que suelen cometer los que viven por vivir o por ganar, en vez de vivir sin más, como el pájaro que vuela sin saber por qué o el niño que juega sin saber que juega.
Nadie vivirá para trabajar. Todos trabajaremos para vivir.
La gente no llamará nivel de vida al nivel de consumo, ni calidad de vida a la cantidad de cosas que no se necesitan.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas en lugar de alimentos.
La solemnidad se dejará de concebir como una virtud, y la solidaridad no será insólita por ser natural.
Y nadie, nadie tomará en serio a nadie que no sepa tomarse el pelo.
La muerte y el dinero perderán sus poderes mágicos que nos entumecen y anquilosan.
Nadie morirá de hambre porque nadie muere de indigestión.
Los niños en la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños en la calle.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.
La libertad y la justicia, hermanas siamesas arrancadas la una de la otra por estar condenadas a estar separadas, volverán a juntarse más anastomosadas que nunca, espalda con espalda, cabeza con cabeza.
Los actuales manifestantes de lo imprescindible serán ejemplos de salud mental porque se negaron a olvidar en los tiempos de amnesia obligatoria.
La "Santa" Iglesia corregirá algunos errores conceptuales en las tablas de Moisés y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo.
Serán reforestados los bosques arrasados del mundo, y los desiertos del alma.
Los desesperados serán esperados; los perdidos, encontrados.
Porque se desesperaron de tanto esperar y se perdieron de tanto buscar.
Seremos contemporáneos compatriotas de todos los que tengan voluntad de belleza, de justicia, de libertad, de vivir, hayan nacido donde hayan nacido, hayan vivido donde hayan vivido, sin importar quienes sean o sus temores, que serán disipados. Sin que sean relevantes las fronteras del mapa, las interiores o las del tiempo.
Seremos imperfectos, porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses.
Lo sustancial tendrá significado por sí mismo.
Pero en este mundo, que es utópico e inalcanzable, y que seguirá siendo algo chapucero y jodido, seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero y cada noche, como si fuese la última.
El aire estará limpio de todo veneno tóxico que no provenga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
En la calle, los coches serán aplastados por los perros.
Los semáforos serán de distintos colores.
La gente no será manejada por su automóvil ni por su teléfono, ni será programada por el ordenador, ni será comprada por el supermercado.
La televisión será sustituida por la lavadora o por la chimenea.
El entretenimiento, la nueva hipnosis, será el agua dando vueltas o las chispeantes llamas.
Se incorporará en los delitos penales la estupidez, que suelen cometer los que viven por vivir o por ganar, en vez de vivir sin más, como el pájaro que vuela sin saber por qué o el niño que juega sin saber que juega.
Nadie vivirá para trabajar. Todos trabajaremos para vivir.
La gente no llamará nivel de vida al nivel de consumo, ni calidad de vida a la cantidad de cosas que no se necesitan.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas en lugar de alimentos.
La solemnidad se dejará de concebir como una virtud, y la solidaridad no será insólita por ser natural.
Y nadie, nadie tomará en serio a nadie que no sepa tomarse el pelo.
La muerte y el dinero perderán sus poderes mágicos que nos entumecen y anquilosan.
Nadie morirá de hambre porque nadie muere de indigestión.
Los niños en la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños en la calle.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.
La libertad y la justicia, hermanas siamesas arrancadas la una de la otra por estar condenadas a estar separadas, volverán a juntarse más anastomosadas que nunca, espalda con espalda, cabeza con cabeza.
Los actuales manifestantes de lo imprescindible serán ejemplos de salud mental porque se negaron a olvidar en los tiempos de amnesia obligatoria.
La "Santa" Iglesia corregirá algunos errores conceptuales en las tablas de Moisés y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo.
Serán reforestados los bosques arrasados del mundo, y los desiertos del alma.
Los desesperados serán esperados; los perdidos, encontrados.
Porque se desesperaron de tanto esperar y se perdieron de tanto buscar.
Seremos contemporáneos compatriotas de todos los que tengan voluntad de belleza, de justicia, de libertad, de vivir, hayan nacido donde hayan nacido, hayan vivido donde hayan vivido, sin importar quienes sean o sus temores, que serán disipados. Sin que sean relevantes las fronteras del mapa, las interiores o las del tiempo.
Seremos imperfectos, porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses.
Lo sustancial tendrá significado por sí mismo.
Pero en este mundo, que es utópico e inalcanzable, y que seguirá siendo algo chapucero y jodido, seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero y cada noche, como si fuese la última.
Fuck the system.
Mucha gente pasa la vida haciendo cosas que no le satisfacen, realizando tareas, repitiendo rutinas, anclándose a la corriente deshumanizadora de la cosificación y el uso de las personas, siendo una pieza más en un engranaje mellado y oxidado que hace tiempo que no funciona.
Me he dado cuenta de que me siento fuera de lugar en el cosmos porque no se supone que hago lo que debo hacer la mayoría de las veces.
Los clichés más trillados lo etiquetan de rebeldía, y en parte tienen razón, porque me niego a verme dentro de una década como ama de casa y pensando en tener hijos, me niego a verme en un laboratorio inclinándome sobre una placa Petri con dolor de espalda y tropecientas dioptrías de usar tanto el microscopio.
Lo rechazo, efectivamente me amotino en contra de eso, me prohíbo ser así, dejarme arrastrar por esa vida sedentaria y carente de emoción.
Eso me diferencia (la gente no suele entender por qué se suelen hacer planes con expectativa y fecha de caducidad de un año o menos). Tampoco me voy a subyugar bajo una variable absurda que no sirve de mucho. El tiempo no merece esa dedicación por mi parte.
Quiero dejar de estudiar? Claro que no. Pero si hago lo que hago es para aprender, para saber. No para tener un título o encadenarme a un escritorio.
Y por eso la filosofía me engatusa. Porque pienso. Porque escribo.
ESO es lo que me hace concebirme fuera del embrollo de una vida de tedio consuetudinaria, de lo que se espera que haga.
Eso hace que ignore mi cinismo por no irme haciendo autostop a Tailandia o trabajar de camarera en una cafetería de Yakarta.
Tal vez no quiera echar raíces en ninguna parte porque nunca las he tenido. No sé lo que es eso. Y no lo deseo. Y no me asusta la alternativa. No me inquieta ser nómada, ni pobre, ni ajena en un mundo desconocido y lejano por ya lo soy en este terruño, en la porción de tarta que conozco.
Llevo la aventura asentada en alguna parte profunda de mi.
Y por eso, que le follen a esa vida inapetente, a la hipócrita sociedad, a las posibles esperanzas que la poca que gente que conozco de verdad pueda depositar en mi persona.
Porque voy a vivir, y hacer grandes cosas. No se cuáles ni si serán exactamente "grandes", pero para mi tendrán relevancia, y espero que alguien también se la encuentre. Con una persona me vale.
Y si me asomo al borde del barranco, no tendré vértigo.
Y aunque estas palabras ya incluso desde el mismo instante de teclearlas están siendo devoradas por el silencio, constituyen mi única arma para defender mi mente, mi último bastión, de mi misma.
Me he dado cuenta de que me siento fuera de lugar en el cosmos porque no se supone que hago lo que debo hacer la mayoría de las veces.
Los clichés más trillados lo etiquetan de rebeldía, y en parte tienen razón, porque me niego a verme dentro de una década como ama de casa y pensando en tener hijos, me niego a verme en un laboratorio inclinándome sobre una placa Petri con dolor de espalda y tropecientas dioptrías de usar tanto el microscopio.
Lo rechazo, efectivamente me amotino en contra de eso, me prohíbo ser así, dejarme arrastrar por esa vida sedentaria y carente de emoción.
Eso me diferencia (la gente no suele entender por qué se suelen hacer planes con expectativa y fecha de caducidad de un año o menos). Tampoco me voy a subyugar bajo una variable absurda que no sirve de mucho. El tiempo no merece esa dedicación por mi parte.
Quiero dejar de estudiar? Claro que no. Pero si hago lo que hago es para aprender, para saber. No para tener un título o encadenarme a un escritorio.
Y por eso la filosofía me engatusa. Porque pienso. Porque escribo.
ESO es lo que me hace concebirme fuera del embrollo de una vida de tedio consuetudinaria, de lo que se espera que haga.
Eso hace que ignore mi cinismo por no irme haciendo autostop a Tailandia o trabajar de camarera en una cafetería de Yakarta.
Tal vez no quiera echar raíces en ninguna parte porque nunca las he tenido. No sé lo que es eso. Y no lo deseo. Y no me asusta la alternativa. No me inquieta ser nómada, ni pobre, ni ajena en un mundo desconocido y lejano por ya lo soy en este terruño, en la porción de tarta que conozco.
Llevo la aventura asentada en alguna parte profunda de mi.
Y por eso, que le follen a esa vida inapetente, a la hipócrita sociedad, a las posibles esperanzas que la poca que gente que conozco de verdad pueda depositar en mi persona.
Porque voy a vivir, y hacer grandes cosas. No se cuáles ni si serán exactamente "grandes", pero para mi tendrán relevancia, y espero que alguien también se la encuentre. Con una persona me vale.
Y si me asomo al borde del barranco, no tendré vértigo.
Y aunque estas palabras ya incluso desde el mismo instante de teclearlas están siendo devoradas por el silencio, constituyen mi única arma para defender mi mente, mi último bastión, de mi misma.
jueves, 9 de enero de 2014
We´ll all laugh at gilded butterflies.
Una vez más, se repite esa sensación de haberme colado en la fiesta.
No puedo impedir tener una sonrisa enorme pero burlona, pase lo que pase.
No puedo impedir tener una sonrisa enorme pero burlona, pase lo que pase.
We don´t say when never.
How do u know when much is too much?
Too much information?
Too much fun?
Too much to ask?
And when it´s all just too much to bear?
Too much information?
Too much fun?
Too much to ask?
And when it´s all just too much to bear?
domingo, 5 de enero de 2014
Persiguiendo la lluvia.
Ayer.
Afuera llovía como nunca.
Y yo allí, dentro de casa, como si intentara sobrevivir a la tormenta.
Calentita, con mi gato entre las piernas y un libro entre las manos al que no prestaba atención alguna. Releyendo la misma página una y otra vez, ofuscada por no poder concentrarme, irritada por no poder desviar los ojos y oídos del hechizo del agua.
Pensando en mi estupor que ojalá tuviese una gotera, tan sólo para poder sentir esas gotas con la mano al abrigo de mi edredón.
Y entonces una idea ya rondaba mi mente, algo que ya he hecho muchas veces, pero no en una tormenta tan fuerte.
Me estiro y me desperezo. Mi gato me mira preguntándose por qué me empeño en moverme, y mantiene ese interrogante en la mirada mientras me visto. No muchas capas de ropa, el propósito es el contrario.
Salgo a la calle. Sigue lloviendo.
Doy un paso y otro y otro. Ando unas 2 horas sin rumbo fijo, recreándome en la lluvia, sintiéndola sobre la piel, mojándome los pies en cada charco que encuentro, bailando ligeramente y sacando la lengua para que también roce las gotas.
No escucho música, no me hace falta.
Descubro nuevos sitios de la ciudad que desconocía por completo. Prometo que volveré, aunque sé que lo más probable es que no lo haga nunca y sigo mi camino sin destino, ya que el fin no es corpóreo, es seguir sintiendo y ducharme en medio de la ciudad, con la ropa pegada al cuerpo, el pelo mojado, los leggins como si fuesen una segunda piel.
Nadie me molesta. No tengo que hablar. Sólo dejar extender mis emociones.
Experimentar, sentirme más viva que nunca.
Afuera llovía como nunca.
Y yo allí, dentro de casa, como si intentara sobrevivir a la tormenta.
Calentita, con mi gato entre las piernas y un libro entre las manos al que no prestaba atención alguna. Releyendo la misma página una y otra vez, ofuscada por no poder concentrarme, irritada por no poder desviar los ojos y oídos del hechizo del agua.
Pensando en mi estupor que ojalá tuviese una gotera, tan sólo para poder sentir esas gotas con la mano al abrigo de mi edredón.
Y entonces una idea ya rondaba mi mente, algo que ya he hecho muchas veces, pero no en una tormenta tan fuerte.
Me estiro y me desperezo. Mi gato me mira preguntándose por qué me empeño en moverme, y mantiene ese interrogante en la mirada mientras me visto. No muchas capas de ropa, el propósito es el contrario.
Salgo a la calle. Sigue lloviendo.
Doy un paso y otro y otro. Ando unas 2 horas sin rumbo fijo, recreándome en la lluvia, sintiéndola sobre la piel, mojándome los pies en cada charco que encuentro, bailando ligeramente y sacando la lengua para que también roce las gotas.
No escucho música, no me hace falta.
Descubro nuevos sitios de la ciudad que desconocía por completo. Prometo que volveré, aunque sé que lo más probable es que no lo haga nunca y sigo mi camino sin destino, ya que el fin no es corpóreo, es seguir sintiendo y ducharme en medio de la ciudad, con la ropa pegada al cuerpo, el pelo mojado, los leggins como si fuesen una segunda piel.
Nadie me molesta. No tengo que hablar. Sólo dejar extender mis emociones.
Experimentar, sentirme más viva que nunca.
jueves, 2 de enero de 2014
Evocando a Foucault.
Agrego que he encontrado una dificultad planteada por Foucault: la definición de una obra.
En efecto, es difícil, incluso imposible, definirla en relación a un sujeto individual.
Si se trata de Nietzsche, de Kant, de Racine o de Pascal, ¿en dónde se detiene el concepto de obra? ¿Hay que detenerlo en los textos publicados? ¿Hay que incluir todos los papeles no publicados, hasta las cuentas de la lavandería?
Si se plantea el problema desde la perspectiva del estructuralismo genético, se obtiene una respuesta que no sólo vale para las obras culturales, sino también para todo hecho humano e histórico.
¿Qué es la revolución francesa?¿Cuáles son los estadíos fundamentales de la historia de las sociedades y de las culturales capitalistas occidentales? La respuesta plantea dificultades análogas.
Volviendo sin embargo a la obra: sus límites, como los de todo hecho humano, se definen por el hecho de que constituye una estructura significativa fundada sobre la existencia de una estructura mental coherente, elaborada por un sujeto colectivo.
A partir de ahí puede suceder que para delimitar esta estructura, puede ocurrir que nos veamos obligados a eliminar ciertos textos publicados, o a integrar por el contrario textos inéditos; en fin, no es necesario decir que puede justificarse fácilmente la exclusión de "la cuenta de lavandería", de esos trapos sucios.
Añado también que, en esta perspectiva, la puesta en relación de la estructura coherente con su funcionalidad con relación a un sujeto transindividual -o para utilizar un lenguaje menos abstracto- la puesta en relación de la interpretación con la explicación, adquiere una importancia particular.
En suma, hay 3 tesis centrales en esta posición: hay un sujeto; en la dimensión histórica y cultural tal sujeto siempre es transindividual; toda utilidad psíquica y todo comportamiento del sujeto son siempre estructurados y significativos, es decir, funcionales. Y forman la obra del mismo, porque no hay hecho humano que no sea estructurado, ni estructura que no sea significativa, esto es, que en tanto que calidad del psiquismo y del comportamiento del sujeto, no cumpla una función.
En efecto, es difícil, incluso imposible, definirla en relación a un sujeto individual.
Si se trata de Nietzsche, de Kant, de Racine o de Pascal, ¿en dónde se detiene el concepto de obra? ¿Hay que detenerlo en los textos publicados? ¿Hay que incluir todos los papeles no publicados, hasta las cuentas de la lavandería?
Si se plantea el problema desde la perspectiva del estructuralismo genético, se obtiene una respuesta que no sólo vale para las obras culturales, sino también para todo hecho humano e histórico.
¿Qué es la revolución francesa?¿Cuáles son los estadíos fundamentales de la historia de las sociedades y de las culturales capitalistas occidentales? La respuesta plantea dificultades análogas.
Volviendo sin embargo a la obra: sus límites, como los de todo hecho humano, se definen por el hecho de que constituye una estructura significativa fundada sobre la existencia de una estructura mental coherente, elaborada por un sujeto colectivo.
A partir de ahí puede suceder que para delimitar esta estructura, puede ocurrir que nos veamos obligados a eliminar ciertos textos publicados, o a integrar por el contrario textos inéditos; en fin, no es necesario decir que puede justificarse fácilmente la exclusión de "la cuenta de lavandería", de esos trapos sucios.
Añado también que, en esta perspectiva, la puesta en relación de la estructura coherente con su funcionalidad con relación a un sujeto transindividual -o para utilizar un lenguaje menos abstracto- la puesta en relación de la interpretación con la explicación, adquiere una importancia particular.
En suma, hay 3 tesis centrales en esta posición: hay un sujeto; en la dimensión histórica y cultural tal sujeto siempre es transindividual; toda utilidad psíquica y todo comportamiento del sujeto son siempre estructurados y significativos, es decir, funcionales. Y forman la obra del mismo, porque no hay hecho humano que no sea estructurado, ni estructura que no sea significativa, esto es, que en tanto que calidad del psiquismo y del comportamiento del sujeto, no cumpla una función.
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