domingo, 2 de febrero de 2014

Dichosos folios en blanco.

El folio en blanco, desgraciadamente, forma parte de nuestras vidas.
De una manera u otra, siempre acabamos lidiando con él, sea escribiendo una poesía, haciendo un dibujo, realizando un examen, escribiendo un blog...ahí está inevitablemente.
Y no podemos soportarlo.
No podemos soportar el vacío que consigo lleva y arrastra.
Nos desespera. O al menos, a mí sí.
Algo así sentían los artistas barrocos (si no recuerdo mal) con todo aquello del horror vacui. 
¿Por qué tenemos esta fobia arraigada al vacío? ¿Por qué no podemos dejar el folio en blanco y santas pascuas? Francamente, no lo sé.
Tal vez queramos demostrar que estamos vivos, que poseemos un mundo interior. Yo que sé, algo habrá.
Quizá es otro de los enigmas del comportamiento humano que aceptamos porque son así, sin buscarle más explicación.
Lo único que tiene de bueno la hoja en blanco es que casi siempre al final deja de estar vacía.
Y cuando eso ocurre, es una sensación maravillosa, porque es entonces cuando has logrado vencer a ese maldito folio prepotente.


Pequeños detalles.

Me refiero a esas manías que constituyen sin que nos demos cuenta nuestro día a día.
No son nada trascendental, son cosas que hacemos o decimos y que, probablemente, si no las hiciéramos, la vida seguiría su curso sin problema alguno.
Cosas como meternos en la cama y quitarnos dentro los calcetines, teniendo los pies libres por fin del asfixiante yugo de la tela en la que pasan embutidos todo el día, para luego rozarlos con la sábana.
Ver una serie o una película tranquilamente después de comer y quedarte dormido sin percatarte.
Cantar a pleno pulmón bajo la lluvia personal de tu ducha, como aquel I´m singing in the rain pero en cutre.
Pasar las hojas de un periódico, libro o revista sin prestar atención, buscando nada en particular, perdido en la divagación mental.
Ver un vídeo divertido o curioso en Youtube que te pasa algún amigo.
Contar un chiste o hacer una coña y que a todos les haga gracia.
Que te acaricien la espalda después del sexo.
El cálido recibimiento que te da tu mascota nada más entrar en casa.
La formidable y única sensación de dormirse con el pelo mojado...
No son grandes cosas, pero tampoco son tonterías. Como he dicho, son pequeños detalles que estructuran de una forma u otra nuestra rutina y que nos deleitan además por ser íntimos.
A veces (muchas veces) ni nos damos cuenta de que los realizamos o los tenemos, ni de que nos gustan tanto. Y cuando no los tenemos es cuando los echamos de menos, como tantas otras cosas en la vida.
Está muy bien pensar en las cosas importantes, en los dilemas esenciales, en aquellos asuntos que sabemos serán vitales en nuestra existencia. Pero, ¿qué hay de esto otro?
Yo invito a cuidar las pequeñas cosas, a preservar y apreciar los detalles.
Porque la vida sin ellos sería como una ensalada sin condimentos:  
insípida y aburrida.

sábado, 1 de febrero de 2014

Lo que está por llegar.



Mi andadura por esta senda es breve.largo camino;
ora pedregoso, ora florecido;
me es ignoto, y mi presencia es leve.
Dibujo mi destino
conforme paseo sin rumbo fijo.
Miro hacia atrás, suspiro.
Peluches, arena, balones, nieve…
Recuerdos infantiles…
Miro adelante: llueve.
Se ensombrece, al final, el sendero.
Arrecia el aguacero;
miro, pero no veo.
Mi inexperta vista no lo distingue…
Me giro, allí siguen
mis escasas experiencias pasadas.
¿Son tan pocas? No sé
¿Suficientes? Tal vez
¿Querría tener más? Tampoco sé.
Sé, tan solo, tontadas.
Sé que lo que quiero en el mundo es saber
y que, después, sabré.
Después: cuando hayan pasado los años
conforme me haga vieja…
Entonces sí sabré.
Pero ahora es ahora. Es distinto.
Pensar en el futuro me hará daño.
Ahora toca seguir el instinto.
Ahora sé que existo
¿Y mañana? Quién sabe… 

Personas.

Leí ayer mismo un texto de lo más curioso de un tal Jorge Wagensberg, en el que éste reflexionaba sobre el sujeto y su existencia en el mundo. En este escrito, un fragmento del libro A más cómo, menos por qué analizaba la nimia existencia de cada sujeto en relación con el universo que le rodea; si bien es cierto que cada ser concibe el universo de forma distinta, cada uno tiene su mundo, solemos decir.
Por tanto de una forma más subjetiva la inmensidad del cosmos pasa a un segundo plano, focalizándose la importancia en lo que cada uno piense, lo que cada persona viva.
Y es que las personas son algo vital para la existencia de uno mismo. Puede sonar redundante, porque cada uno de nosotros somos una persona. Si no hay persona, no hay yo. Y si no hay yo, me importa un carajo qué coño haya externo a mí, porque no existo. Pero no me refiero a eso.
Pongo un ejemplo (bastante empleado, por cierto, en clases de filosofía): ¿sería yo el mismo individuo si mis dieciocho años de vida los hubiera pasado en una isla desierta en vez de en la civilización? Más aún, ¿sería mi vida y mi persona distintas si aún viviendo en sociedad, las personas que me rodearan fueran otras? Evidentemente, estos supuestos son imposibles de verificar. No tengo dos vidas, no puedo dividir mi existencia en dos y que cada uno de mis "yos" (o yoes, como se diga) viva vidas diferentes.
Pero aún así me atrevo a afirmar que no: no sería la misma persona en esas dos existencias paralelas.
Y es que, al menos para mi, las personas que a uno le rodean son, si no el más, uno de los factores más importantes de la estructuración del individuo. Para mi Ortega no pudo afinar más con el concepto de circunstancia. Lo que somos no es fruto de una decisión libre nuestra, sino de los demás.
Eso escapa nuestro control. Lo que nos define no es sólo fruto de nuestras decisiones personales.
Y es que es así, nos guste o no, a pesar de tener rasgos personales innatos, nuestros hábitos y comportamientos, carácter y demás historias están íntimamente vinculados a factores externos, un lugar, una gente, una cultura.
E insisto, las personas constituyen un engranaje clave en ese desarrollo personal de cada uno, de forma directa o indirecta.
¿A qué me refiero con eso último? Pues que hay personas que te afectan de forma directa (familia, amigos, novios..), pero que tal vez alguien te afecte indirectamente de manera muy concreta aunque no se encuentre entre tus personas más cercanas.
Un ejemplo para ilustrar lo que digo es sin más una charla chocante de un profesor a cerca del futuro de sus alumnos. Quizá incluso sea la única vez que escuches a esa persona, pero te puede inculcar algo impresionante, alguna cosa de la que no te habrías percatado jamás. Y consecuentemente, cambiarte por dentro.
De alguna manera esta forma indirecta es experiencia externa e interna: aunque tú no lo vivas, también aprendes de ello.
A lo que quiero llegar es a esa importancia que tienen las personas.
Crean tu microecosistema, y bien es sabido que con cada componente, ya sea fauna o flora, hay que tener cuidado porque puede arrasar con el resto, y derrumbar el ecosistema.
Por ello no hay que dejar escapar a aquellas personas importantes que ya conocemos, hay que ser abiertos aunque cautelosos a los que vengan (nunca se sabe que te podrán aportar) y atender a lo nuevo que pueden aportarte las personas que ya conoces, por mucho que las trates.
Y aunque esta última petición vaya a sonar a evangelio, hay que querer a los que nos quieren.
Nada más.

La mierda es necesaria.

Hace dos semanas, a lo largo de todos los días fueron muchas las veces en las que pensé: mierda. Repetí en mi fuero interno esta palabra. Frases como: "todo esto es una puta mierda" u "odio esto, es una mierda".
Y es que esa semana fue bastante asquerosa.
Pero dejando a un lado los detalles de por qué fue así (que son irrelevantes), y palabrotas a parte, me dije: habrá gente para la que habrá sido la semana de sus vidas, personas que hayan gozado de una semana maravillosa mientras las fuerzas del universo, el karma o cualquier otra gilipollez hicieron de mi semana un desastre.
Lo que quisiera resaltar de esto es que, mal que pese, este tipo de temporadas han de sobrevenirnos.
Si nuestra vida fuese un camino constante de flores primaverales, no sabríamos reconocer o apreciar los buenos momentos. Tenemos que vivir situaciones adversas, angustiosas, o simplemente desagradables para vivir con alegría de vez en cuando. 
Porque si no, no viviríamos. Existiríamos, pero no viviríamos realmente. 
Así que en estas ando yo, esperando ese buen momento tras una mala racha. Estoy en la calma que impera tras la tormenta, aguardando a que salga el Sol.

Nada de nada.

Al final he caído. No he encontrado manera posible de eludir la maldición.
Me ha alcanzado y ya no hay vuelta atrás. Y aunque trato de zafarme, sus garras me aprisionan violentamente sin dejarme escapatoria posible.
Al final he caído presa del síndrome de bloguera llorica.
Todo bloguero tiene al menos una entrada en la que lloriquea por no tener nada sobre lo que escribir.He tratado de huir, lo prometo, pero supongo que era inevitable que me tocara.
Efectivamente, estoy totalmente en blanco.
No se me ocurre nada sobre lo que escribir.
Si dijera que he estado ocupada, estaría diciendo la verdad a medias (que para el caso, patatas del huerto). Sencillamente no he tenido la capacidad de sentarme con el portátil a escribir.
Dicen por ahí que si no hay nada que decir, mejor callarse.
Podría haber escrito algo banal, pero ¿qué iba a hacer? ¿escribir entradas sin sentido? ¿publicar las últimas gilipolleces que he hecho?
No, probablemente esas entradas serían una basura. Tampoco es que sea precisamente una premio planeta, pero aunque las cosas que escribo sean malas siempre pueden ser peores. Podrían ser una soberana mierda.
Nada. Este es el tema de la entrada. Absolutamente nada (|nada|, que escribirían los matemáticos).
Lo que me sale de la cabeza sin depurar, sin filtro, sin un orden lógico, cohesión o estructura.
Lo dicho, nada de nada.

Obstrucción cerebral.

Tener muchas ganas de escribir y que no te salga lo que llevas dentro, teclear esas palabras que arman barullo en tu interior y que da la sensación de que quieren salir, es muy putada.
Es, buscando un símil de comodín para quien no escriba, como cuando en un examen te hacen una pregunta y sabes exactamente de que va y en qué parte de los apuntes o del libro estaba, pero no te salen las palabras, no te acuerdas de cuáles eran. Te atascas y de ahí no sales. 
Y esa angustia que se te mete en todos los tejidos de tu cuerpo persiste durante y posteriormente, hasta que después acabas recurriendo a mirarlo en donde se supone que estaba para satisfacer y rellenar esa oquedad que parece que se ha formado en tu mente.
Pero cuando quieres y te apetece escribir algo y tienes el gusanillo y no te sale es aún peor, porque no puedes sacar esos pensamientos exprimiéndote las neuronas hasta hacer un zumo disperso o mirándolo en algún sitio. Has de solucionar el problema y escribir cualquier gilipollez como esta hasta que la musa (que antes ya notabas inspirada) se decide a hacerte vislumbrar qué coño estabas pensando exactamente.
Pero no siempre ocurre así y hay veces que te obturas, tu mente se ocluye y el corcho que tapa la botella hace imposible que la descorches. Es como cuando tienes una congestión nasal de la hostia y por mucho que te suenes, apenas te salen mocos. Tu mente está encallada, varada y anclada a la playa.
Y entonces se siente mucha frustración, porque no hay nada como eso para joderte un día que tenía la potencialidad de ser perfecto.