miércoles, 6 de agosto de 2014

La mejor entrada que publicaré jamás.

Hoy no hablaré de nada.
Y, sin embargo, esta será sin lugar a dudas la mejor entrada que publique en este blog. Quizá no para los demás, pero sí para mi.
Hoy publico la dedicatoria que me ha escrito el amor de mi vida por carta:

Siempre me ha impresionado la química que nos une, la facilidad con la que congeniamos, la pasión que demostramos en cada momento que pasamos juntos, las horas que puedo pasarme hablando contigo a pesar de mi abrupta naturaleza.
Por todo esto y mucho más estoy enamorado de ti hasta la médula de mis huesos.
Por todo lo que me haces sentir. Por como una sonrisa tuya me alegra el día. Por como de un plumazo me arrancaste de mi corazón la pena más inmensa que he sentido jamás. Por como has hecho de mi vida un campo de tierra fértil en el que me veo capaz de sembrar cualquier cosa.
Por como me miras. Por como me besas. Por como me enseñas.
Por como me ayudas a vislumbrar mis defectos y mis virtudes.
Por como me haces ser mejor persona. Por como piensas. Por como ríes.
Por como me invitas a ver las cosas desde una manera distinta, desde un punto de vista diferente.
Por como llenas mi vida de alegría y esperanza, la esperanza de toda una vida compartida contigo.
Por como me dices: "Te quiero."
Por como me haces desearte.
Por como me haces hacer cosas que, de no ser por ti, no haría jamás delante de alguien.
Por los partidos que hemos visto y que veremos acurrucados y abrazados el uno al otro.  Por todos los helados que nos hemos tomado y tomaremos.
Por cada curva de tu pequeño y maravilloso cuerpo.
Por tus labios carnosos y suaves. Por tus ojitos marrones. Por tu naricilla.
Por tu culito respingón que tan loco me vuelve.
Por tus grandes y redondos pechos que son mi chuche predilecta y a los cuales soy adicto.
Por tus estrechas y hermosas caderas en las que me evado del mundo como nunca antes había hecho.
Por tu lindo cuello que me encanta besar y acariciar.
Por tu largo y a veces enredado pelo.
Por el sudor que corre por el surco de tu espalda después de una buena sesión de sexo.
Por como eres capaz de excitarme hasta convertirme en un ser totalmente irracional.
Por tu sonrisa malévola. Por como me arañas la espalda en pleno éxtasis. Por tus gemiditos.
Por hacerme un hombre. Por como has llegado a conocerme.
Por tu cuarto desordenado. Por tu gato boxeador.
Por las cartas que me escribes. Por tu pasta carbonara (no carbonara).
Por esa ballena de papel.
Por todos los libros que lees. Por como tocas el piano. Por como me hablas y me enseñas alemán.
Por tu inteligencia, cualidad que más me gusta, más admiro y más envidio.
Por todo lo que te quiero, pues eres el amor de mi vida, mi persona, el camino que quiero seguir, mi sol, mi vida, mi todo.
Y como jamás me cansaré de repetir: te quiero como jamás podré querer,
te quiero muchísimo mi cosita linda!!!!!!
De tu siempre tuyo Miguel con amor desde Londres.

sábado, 2 de agosto de 2014

¿Por qué nos complicamos tanto?

Hacer la colada, el lavaplatos, bajar siempre antes de acostarse las persianas, comprar un sistema de riego por goteo, lavarse la cara con tres productos distintos, pasarse hilo dental, hacer la cama, escribir por ordenador, programar el grill del horno, ordenar los canales de la televisión, doblar la ropa...
He empezado a preguntarme si en vez de ser pragmáticos y facilitarnos las tareas cotidianas, la rutina y en definitiva, la vida, en realidad nos complicamos demasiado.
Antes se metía la ropa en una red con jabón y se lanzaba al río, se lavaba a mano, se usaba regadera, se lavaba uno la cara con el mismo jabón que se usaba para la ropa, no existía el hilo dental y los hornos eran las chimeneas o las fogatas. Se leía en papel y no en libro electrónico. Y no hablemos de escribir, lo mismo: pluma, tinta y papel. Mucho mejor. Más sencillo.
La cama no se hacía. Para qué.
Para qué doblar la ropa si iba a acabar igualmente arrugada.
Para qué no dejar que la luz del día te despierte cuando tenga que hacerlo.
No soy tan cínica como para decir que quisiera vivir en una época pasada, dos o tres siglos atrás.
No soy ese tipo de persona.
Pero sí pienso que muchas de las cosas que hacemos o compramos para que se hagan por nosotros, nos atontan en cierta manera con la idea de efectividad o de rapidez.
Igual pasa con lo que llamamos "problemas", que en realidad formulamos mentalmente en forma de pregunta. Sí, esos dilemas existenciales, metafísicos, a los que siempre apelamos en algún u otro momento de la vida: ¿Qué somos? ¿Qué sucede cuando morimos? ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo podemos ser eternamente felices? ¿Qué podemos saber?
Estudio filosofía y empiezo a preguntarme si, al no poder obtener nunca una respuesta inequívoca, sirve de algo no abandonarse en sí mismo, si esas preguntas que me acosan cada día no significan que me complico demasiado, que busco algo más que jamás encontraré.
Me pregunto si es absurdo y sólo sirve para tener una leve consciencia de uno mismo y del mundo que nos rodea, que no es precisamente poca cosa pero a mi siempre me parecera insatisfactorio e insuficiente.
Busco otra cosa. Quiero más.
Tengo sed de respuestas. Una sed que jamás se calma.
Una sed que se aplaca cada cierto tiempo y luego vuelve con más intensidad.
Hay veces que escribo y escribo durante horas y luego lo borro o lo tiro, pensando: para qué.
A estas alturas podría tener cientos de hojas escritas con mis divagaciones, pero considero que no deben permanecer en la historia, sólo servirían como una especie de curioso efecto mariposa en la mente de quien las leyese algún día, planteando más y más dicotomías, más perspectiva y más caos.
Concluiré este pensamiento diciendo que somos unos seres aparentemente sociales, pero en el fondo somos individuos (la palabra ya lo dice por sí misma) separados los unos de los otros por una individualidad y una soledad que intentamos rellenar con meras estructuras y organizaciones sociales.
Y aunque deberíamos tender a simplificarlo todo, a hacerlo más fácil, con frecuencia no es así, e intentando hacer sencilla cualquier cosa, la hacemos más compleja, nos complicamos.
Estará en nuestra naturaleza.


jueves, 31 de julio de 2014

Si Dios no existiera, ¿habría alguna diferencia?

"Carezco de credo y no pertenezco a ninguna congregación ni religión-dice Bergman en uno de sus libros autobiográficos-. 
Nunca he necesitado ningún Dios ni redención ni vida eterna. Soy mi propio Dios, me proporciono mis propios ángeles y demonios. Estoy en una playa pedregosa que desciende en olas hacia un mar protector. 
Un perro ladra, un niño llora, el día se hunde y se convierte en noche. Usted nunca podrá asustarme.
Ningún ser humano podrá asustarme nunca más. Tengo una oración que me rezo a mí mismo en el silencio absoluto. Ojalá venga un viento y mueva el mar y el sofocante crepúsculo.
Ojalá venga un pájaro desde el mar y haga estallar el silencio con su grito.
La sensación de esto es la del desasosiego, la del malestar.
La tristeza solemne que habita en todas las cosas grandes, en las cimas de las cosas como en las grandes vidas, en las noches profundas como los poemas eternos.








domingo, 20 de julio de 2014

"Nadie quiere comerse un salmón tras un empacho de sardinas".

Hay capítulos sin los cuales no se puede contar la historia.
Hay historias que no caben en un libro.
Y hay libros que uno siempre vuelve a leer.
-El cajón de Gatsby.

martes, 15 de julio de 2014

Nota disonante.

Es un ritual inevitable.
Desenrollo los cascos quitándoles todos los nudos mientras me relajo y pienso qué me apetece.
Los enchufo y voy en el aleatorio pasando canción tras canción hasta que el azar decide y encuentra la canción que me apetece escuchar y que no sabía ni que me apetecía hasta que la veo en la pantalla.
Mi mente se abre como una flor. Se pone a pensar sin ser yo consciente de ello.
Escucho con atención la intro. Un bajo, un piano, una guitarra.
A veces una batería. Otras veces si estoy de un humor extraño, un violín.
Eso me basta para perderme en mí misma.
Empieza la letra que a veces no encaja nada con la melodía y otras le queda como un guante. Incluso como una piel: está perfectamente hecha para esa canción.
Oigo y pongo atención a las palabras.
A veces es su significado lo que prende la llama, lo que enciende el motor.
Otras, ni presto atención a lo que significan sino a lo que son las palabras en sí, al tejido que forman junto a la melodía.
Entonces, la escucho con claridad: es esa nota, ese principio de una parte de la composición que me gusta especialmente. Esa parte puede durar un segundo o quizá mucho más. Pero siempre la hay. Está ahí.
Viaja en el aire hasta los oídos. Se reconoce inmediatamente, aunque nunca se haya escuchado esa melodía.
Un humor ya se ha formado dentro de mi. Siento la letra danzar en la mente.
Siento las notas en las puntas de los dedos; las siento vibrar en los oídos extendiéndose hacia el pecho. Siento el ritmo en las caderas.
Arqueo un poco la espalda al llegar ese punto.
Noto la música recorriendo la columna vertebral.
Cuando se discute sobre si una canción es buena o mala, la gente exime sus argumentos más convincentes.
Pero es música. Dicen por ahí que es el lenguaje del alma.
Para mi, una buena canción se distingue entre el resto si te hace estremecer de pies a cabeza, si te provoca un pensamiento, un sentir (sea o no definido).
Por ello la música es subjetiva: porque a unos les provocará escalofríos y a otros no.
Pero todo el mundo sabe a lo que me refiero.
Aunque razonablemente la música salga de un reproductor o de un altavoz, o en última instancia de las manos o pies de un músico, en realidad yo sé perfectamente que sale de dentro, de la mente, de un sentimiento desnudo.
Sé perfectamente que es absurdo pensar que del músico que parece fabricarla de la nada sale esa emoción, ese estremecimiento, esa sacudida y que puede transportarse a las personas por el aire e inundar cuerpos, mentes.
Sé que es físicamente imposible, pero es así.
Definitivamente sin oído me parecería demasiado difícil vivir.

lunes, 7 de julio de 2014

Devenir Deleuzeano

Devenir significa abandonarse en cierto sentido a la incógnita de lo que somos, de lo que seremos.
Se trata de abandonar la idea estricta del sí, abandonar la idea de que poseemos unas potencialidades limitadas a una identidad fija (que hemos y el entorno nos ha hecho forjarnos) para abrirnos a lo nuevo, hacia una nueva personalidad, una nueva individualización, una nueva forma de pensar.
Se trata de deshacerse de las maletas pesadas que ya no son funcionales en nuestras existencias.
Devenir es un movimiento imperceptible que sin embargo revoluciona nuestro interior, cambiando radicalmente nuestro modo de entender el mundo y nuestras reglas de pensamiento y acción.
No se trata en absoluto de un movimiento nihilista, pues el nihilismo conduce al sentimiento de la inutilidad de la existencia.
Así, como sugirió Nietzsche, abandonar los valores metafísicos cobra valor sólo si se constituyen nuevos valores.
En caso contrario, se trataría de una dirección obstinadamente destructiva.
Ese abandono del que hablo es una transducción, es decir, significa al mismo tiempo la asunción de una nueva configuración. Es una necesidad fisiológica y ambiental de transformarse en otro de sí, mediante variaciones de sí, la variación de valores, de la relación con los demás, con el entorno.
Aún así devenir no es tarea fácil. Esa metamorfosis no se produce por que sí.
La transducción solo puede ocurrir cuando precisamente se abandona el propio ego (entendido como identidad).
Uno no se puede transducir a partir de sí mismo a otro.
Y quien acepta el devenir de sí (y no la permanencia de sí), posee voluntad.
Lo que impide comúnmente que nos dejemos ir, es la resistencia que aplicamos a los cambios, debido a cierto horror vacui que condiciona al sujeto. Dejar la propia identidad puede provocar un gran terror, el mismo terror que rodea a un gusano en su crisálida mientras, desde su punto de vista, se acerca el fin del mundo.
Pero, mientras tanto, ya le están creciendo las alas.

viernes, 4 de julio de 2014

Patrick Rothfuss.

Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados.
Los nombres tienen poder, y las palabras también.
Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres, pueden arrancarle lágrimas a los corazones más duros.
Existen siete palabras que harán que una persona te ame, y diez que minarán la más poderosa voluntad de un hombre.
Pero una palabra no es más que la representación de un fuego.
Un nombre es el fuego en sí.