Una vez escuché una conversación entre un viejecito y una farola.
El viejecito le comentaba que no soportaba que las cosas tuviesen que tener un sitio. Comprendía que asignar un sitio a cada cosa es útil si necesitas encontrarla, pero dijo que él jamás dejaba las llaves en el mismo sitio, ni guardaba los tenedores con los tenedores ni los vasos con los vasos.
Tampoco tenía un cajón para los calcetines ni un vaso donde dejar el cepillo de dientes.
Nada tenía su sitio.
Durante toda mi vida, he tenido la impresión de que podía convertirme en una persona distinta. Pero, al final, por más que me alejara, mis carencias seguían siendo las mismas. En cierto sentido, esas carencias son, en sí mismas, lo que soy
domingo, 17 de mayo de 2015
sábado, 2 de mayo de 2015
La futilidad de la muerte.
Por qué tenía que morir el macizo?
Parecerá una gilipollez, pero eso me ha hecho plantearme lo absurdo de la muerte, que se dibuja y rellena sus trazos con una tinta grotesca, burlona e incompresible.
Parecerá una gilipollez, pero eso me ha hecho plantearme lo absurdo de la muerte, que se dibuja y rellena sus trazos con una tinta grotesca, burlona e incompresible.
martes, 24 de marzo de 2015
Historias para nadie.
Una moneda que pasa de manos desde que fue acuñada.
Un grano de trigo desde el instante en el que germinó.
Un átomo de carbono.
Una flor.
Un gato suave, desde que cabe en un bolsillo hasta su rolliza muerte entre unas manos que aún han vivido mil veces más historias.
Un trozo de plástico.
Un recuerdo.
Una voluta de humo.
Una mota de polvo.
Una gota de pintura.
Un trozo de metal quirúrgico.
Un cementerio.
Una casa en ruinas.
Un cerdo.
Una vela de cera.
Un libro ajado.
Una fruta jugosa.
Un grano de arena.
Una arruga.
Una sonrisa.
Un ojo de cristal.
Unas cuantas teclas de ordenador.
Una veleta,
Una ráfaga de viento.
Unas palabras.
Un suspiro.
Una llave.
Un quizá. Y tal vez un por qué. O un sí y un ahora.
Una pestaña. O dos.
Un puñado de pecas.
Unas uñas rasgando la piel.
Una boca sedienta. De agua y de todo.
Una copa.
Un roce.
Una risa.
Un viejo CD.
Una cara conocida.
Un zumo derramándose.
Una llanura que hace miles de años fue montaña.
Un poco de sudor.
Unas cuantas lágrimas.
Un cuaderno.
Unos labios suaves.
Una caricia.
Una delicadeza implícita.
Una invitación.
Una regadera reposando en su hueco del jardín.
Un sumidero.
Un camino.
Un armario con la sal y la pimienta en su sitio.
Un cristal rayado.
Una vieja radio.
Un vestido que ya no te cabe pero aún conservas.
Una bolsa de basura bien amarrada.
Un barco de papel.
Un botiquín desordenado.
Un trozo de chocolate derretido.
Una cinta de casette hecha pedazos.
Una tos nerviosa.
Una canción escondida.
Una buena frase.
Una reunión de baches.
Una piara de medias verdades.
Un sorbo rápido.
Un cubo en la arena.
Unas manchas de dálmata.
Una corbata abandonada.
Una luz apagada.
Una esperanza encendida.
Una utopía realizada.
Una fe rota.
Una calma en tormenta.
Unos muelles engrasados.
Un sueño construido.
Un barril medio lleno.
Un desván desvencijado.
Un tejado sin tejas.
Un suelo sin vida.
Un incendio en una cascada.
Un crujido en las hojas.
Un ruido que creíste oír.
Una inmensidad de nada.
Un grano de trigo desde el instante en el que germinó.
Un átomo de carbono.
Una flor.
Un gato suave, desde que cabe en un bolsillo hasta su rolliza muerte entre unas manos que aún han vivido mil veces más historias.
Un trozo de plástico.
Un recuerdo.
Una voluta de humo.
Una mota de polvo.
Una gota de pintura.
Un trozo de metal quirúrgico.
Un cementerio.
Una casa en ruinas.
Un cerdo.
Una vela de cera.
Un libro ajado.
Una fruta jugosa.
Un grano de arena.
Una arruga.
Una sonrisa.
Un ojo de cristal.
Unas cuantas teclas de ordenador.
Una veleta,
Una ráfaga de viento.
Unas palabras.
Un suspiro.
Una llave.
Un quizá. Y tal vez un por qué. O un sí y un ahora.
Una pestaña. O dos.
Un puñado de pecas.
Unas uñas rasgando la piel.
Una boca sedienta. De agua y de todo.
Una copa.
Un roce.
Una risa.
Un viejo CD.
Una cara conocida.
Un zumo derramándose.
Una llanura que hace miles de años fue montaña.
Un poco de sudor.
Unas cuantas lágrimas.
Un cuaderno.
Unos labios suaves.
Una caricia.
Una delicadeza implícita.
Una invitación.
Una regadera reposando en su hueco del jardín.
Un sumidero.
Un camino.
Un armario con la sal y la pimienta en su sitio.
Un cristal rayado.
Una vieja radio.
Un vestido que ya no te cabe pero aún conservas.
Una bolsa de basura bien amarrada.
Un barco de papel.
Un botiquín desordenado.
Un trozo de chocolate derretido.
Una cinta de casette hecha pedazos.
Una tos nerviosa.
Una canción escondida.
Una buena frase.
Una reunión de baches.
Una piara de medias verdades.
Un sorbo rápido.
Un cubo en la arena.
Unas manchas de dálmata.
Una corbata abandonada.
Una luz apagada.
Una esperanza encendida.
Una utopía realizada.
Una fe rota.
Una calma en tormenta.
Unos muelles engrasados.
Un sueño construido.
Un barril medio lleno.
Un desván desvencijado.
Un tejado sin tejas.
Un suelo sin vida.
Un incendio en una cascada.
Un crujido en las hojas.
Un ruido que creíste oír.
Una inmensidad de nada.
domingo, 15 de marzo de 2015
domingo, 18 de enero de 2015
NIEVE.
Vas caminando y lo hueles.
Hueles el olor a nieve por primera vez desde hace mucho tiempo. Tanto que no puedes acordarte.
Y después de unos minutos caminando con la esperanza vana de que ocurra, sientes el primer copo de nieve del invierno en tu nariz.
Y tal vez no nieve copiosamente.
Y quizá sea una mierda en cuanto a cantidad.
Hace un frío de pelotas y solo unos cuantos copos se agolpan bajo tus pies.
Pensabas que las predicciones se cumplirían por una vez y tu ciudad parecería el jodido polo norte.
La poca nieve se funde con la suciedad de la calle y desaparece.
Pero nieva.
Y nada más importa.
El principito.
-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas.
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas.
sábado, 29 de noviembre de 2014
Cuéntame una que no me sepa.
Una que suene de muerte.
Una de las que cuenta la gente sin saber si de verdad pasó.
De esas que todos critican pero que nadie entiende.
Cuéntame una de esas que se viven al compás de la envidia de los demás.
De las que nunca dicen que no a una botella de vino y siempre esperan al segundo antes de que sea demasiado tarde.
Cuéntamelo. Cuéntame algo que nadie haya tocado, tócame algo que nadie haya escuchado jamás.
Desafíname las cuerdas y marca tu ritmo. Coge carrerilla y dímelo.
Dime lo que todos piensan y nadie se atreve a decir. Dilo.
Coge dos copas rotas y no tengas ningún cuidado.
Córtame la boca con eso que llaman ganas de todo y no te dejes nada.
Repite, si puedes.
Quédate encerrado en el ascensor que viaja entre la realidad y tu mundo paralelo. Sube, baja, y vuelve a subir.
Repite si te atreves. Atrévete.
Hunde los pies en la arena.
Deja que suba la marea, finge que no sabes nadar.
Recuérdame que hay una parte de mi que sabe respirar debajo del agua. Ahógame las excusas.
Dame una vuelta. Dame dos. Dame cien. Sin rodeos. No hagas pie.
Aguántame. La tormenta, la mirada, el vendaval.
Aguanta. Las ganas, la paciencia, el tirón. Tírate.
Cuéntame una que no me sepa.
Cuéntame otra. De esas que no nos dejaban oír cuando éramos pequeños.
Una de las que tienen sabor a lo que nunca podrás explicar y que explican por qué a veces es mejor no saber.
Cuéntame algo. Lo que sea.
Bájame los plomos. Llévame a bailar sin saber cómo moverte. Báilame.
Mueve la atención mientras nos disfrazamos de indiferencia. Sé diferente.
Ponme lo de siempre, que sepa como nunca. Ponme, a secas.
No vengas para quedarte. No te acabes de marchar.
Prométeme que no volverás y ven otra vez.
Ven, una y mil veces, y no te acostumbres a ninguna. Llega tarde, pero llega. Vuelve a volver.
Dame una cuerda y no la sueltes. Suéltame la mano y déjame colgar. Cuélgate.
Tira y no aflojes.
Salta. Salta y deja que vaya detrás. Detrás de sueños que no existen.
Duéleme. Duéleme en todas y cada una de las células de mi otro yo.
Del yo que soy cuando llueve y se mojan las calles y canta cualquier canción en un bar de mala muerte de las calles de mi cabeza.
De esas canciones que olvidas y un día desentierras de algún sitio desconocido.
Cántame. No preguntes. Toca.
Córtame los frenos y acelera. Crúzame en rojo y sin mirar.
Cuéntame otra. Una de las que nunca hayas contado el final.
Una que no sepas cómo acaba.
Ven. No avises. Aparece sin llamar.
Cámbiame los planes y convence a las horas para que pasen volando. Vuela. Vuela por encima de mis posibilidades y de las tuyas. Vuela lo más alto que puedas y tírate en picado a por lo que queda. Vuélame.
Arranca. Arráncame las páginas y léeme la última frase del libro que nadie escribirá sobre mi.
Mírame. Mira mientras ato los cabos que se sueltan cuando se desabrocha la vergüenza y de pronto todo es lo que parece.
Aprieta el gatillo, dispara las palabras que nunca oirás decir. Apriétame.
Di que esta noche se acaba el mundo. Y créelo.
No me hables de mañana.
Háblame de ti.
Cuéntame una que no me sepa.
Cuéntame otra.
Cuéntame.
Una de las que cuenta la gente sin saber si de verdad pasó.
De esas que todos critican pero que nadie entiende.
Cuéntame una de esas que se viven al compás de la envidia de los demás.
De las que nunca dicen que no a una botella de vino y siempre esperan al segundo antes de que sea demasiado tarde.
Cuéntamelo. Cuéntame algo que nadie haya tocado, tócame algo que nadie haya escuchado jamás.
Desafíname las cuerdas y marca tu ritmo. Coge carrerilla y dímelo.
Dime lo que todos piensan y nadie se atreve a decir. Dilo.
Coge dos copas rotas y no tengas ningún cuidado.
Córtame la boca con eso que llaman ganas de todo y no te dejes nada.
Repite, si puedes.
Quédate encerrado en el ascensor que viaja entre la realidad y tu mundo paralelo. Sube, baja, y vuelve a subir.
Repite si te atreves. Atrévete.
Hunde los pies en la arena.
Deja que suba la marea, finge que no sabes nadar.
Recuérdame que hay una parte de mi que sabe respirar debajo del agua. Ahógame las excusas.
Dame una vuelta. Dame dos. Dame cien. Sin rodeos. No hagas pie.
Aguántame. La tormenta, la mirada, el vendaval.
Aguanta. Las ganas, la paciencia, el tirón. Tírate.
Cuéntame una que no me sepa.
Cuéntame otra. De esas que no nos dejaban oír cuando éramos pequeños.
Una de las que tienen sabor a lo que nunca podrás explicar y que explican por qué a veces es mejor no saber.
Cuéntame algo. Lo que sea.
Bájame los plomos. Llévame a bailar sin saber cómo moverte. Báilame.
Mueve la atención mientras nos disfrazamos de indiferencia. Sé diferente.
Ponme lo de siempre, que sepa como nunca. Ponme, a secas.
No vengas para quedarte. No te acabes de marchar.
Prométeme que no volverás y ven otra vez.
Ven, una y mil veces, y no te acostumbres a ninguna. Llega tarde, pero llega. Vuelve a volver.
Dame una cuerda y no la sueltes. Suéltame la mano y déjame colgar. Cuélgate.
Tira y no aflojes.
Salta. Salta y deja que vaya detrás. Detrás de sueños que no existen.
Duéleme. Duéleme en todas y cada una de las células de mi otro yo.
Del yo que soy cuando llueve y se mojan las calles y canta cualquier canción en un bar de mala muerte de las calles de mi cabeza.
De esas canciones que olvidas y un día desentierras de algún sitio desconocido.
Cántame. No preguntes. Toca.
Córtame los frenos y acelera. Crúzame en rojo y sin mirar.
Cuéntame otra. Una de las que nunca hayas contado el final.
Una que no sepas cómo acaba.
Ven. No avises. Aparece sin llamar.
Cámbiame los planes y convence a las horas para que pasen volando. Vuela. Vuela por encima de mis posibilidades y de las tuyas. Vuela lo más alto que puedas y tírate en picado a por lo que queda. Vuélame.
Arranca. Arráncame las páginas y léeme la última frase del libro que nadie escribirá sobre mi.
Mírame. Mira mientras ato los cabos que se sueltan cuando se desabrocha la vergüenza y de pronto todo es lo que parece.
Aprieta el gatillo, dispara las palabras que nunca oirás decir. Apriétame.
Di que esta noche se acaba el mundo. Y créelo.
No me hables de mañana.
Háblame de ti.
Cuéntame una que no me sepa.
Cuéntame otra.
Cuéntame.
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